El yo del nombre propio ante los universales y los enunciados externos
El yo del nombre propio ante los universales y los enunciados externos
1. El yo
del nombre propio ante el universal y la pretensión de determinar el ser
El problema de los universales adquiere una
dimensión específicamente metafísica cuando deja de preguntarse solamente por
la existencia de géneros, especies o conceptos generales y se pregunta por su
relación con el ser singular. El yo del nombre propio no comparece como un
ejemplar intercambiable de una clase. El nombre propio señala este yo y no
otro, una existencia determinada que puede ser descrita mediante universales,
pero que no puede ser agotada por ellos.
El yo se encuentra, sin embargo, desde el
comienzo dentro de un mundo ya organizado por términos, categorías y conceptos
que lo preceden. Hombre, mujer, hijo, padre, ciudadano, profesional, creyente,
sano, enfermo, normal o anormal son determinaciones generales mediante las
cuales una comunidad hace inteligibles a sus miembros. Estas categorías poseen
una función necesaria para el pensamiento y para la vida común, pero se produce
una alteración ontológica cuando dejan de funcionar como modos parciales de
predicación y comienzan a presentarse como aquello que el singular es en sí
mismo.
La cuestión fundamental no consiste entonces
en eliminar los universales. Consiste en establecer su límite. El universal
puede predicarse del singular, pero la predicación no produce identidad
ontológica entre ambos. Decir que un yo pertenece a una categoría no significa
que su ser quede contenido en ella. El singular posee siempre una determinación
propia que excede aquello que puede afirmarse universalmente de él.
Esta diferencia se hace más problemática
cuando el universal deja de aparecer como palabra aislada y adopta la forma de
un enunciado. Ya no se dice solamente hijo, ciudadano o persona normal. Se
afirma que los buenos hijos obedecen, que todo ciudadano debe actuar de
determinada manera, que una persona normal piensa de cierto modo o que todos
deben aceptar una determinada regla. El universal pasa entonces de la
clasificación a la prescripción.
Surgen así consignas, mandamientos, axiomas,
dogmas, proclamas y reglas. Su poder no reside únicamente en aquello que dicen,
sino en la pretensión de hablar desde una posición superior al singular. El
enunciado universal se presenta como si poseyera una legitimidad anterior al yo
y pudiera determinar no solo lo que este debe hacer, sino también aquello que
debe ser.
El problema metafísico aparece precisamente
en ese tránsito. Una proposición exterior adquiere apariencia de fundamento. Lo
que comenzó como lenguaje termina reclamando necesidad ontológica. El yo del
nombre propio queda entonces expuesto a una forma de sujeción en la que lo
dicho acerca de él intenta ocupar el lugar de su propio ser.
2. La
sujeción por el enunciado y la resistencia ontológica del yo
La consigna alcanza su mayor eficacia cuando
deja de ser percibida como consigna. La repetición puede transformar un
enunciado histórico, familiar, moral o social en una evidencia aparentemente
natural. El yo deja entonces de experimentar la regla como algo que procede del
exterior y comienza a utilizarla como principio desde el cual se interpreta a
sí mismo.
Esta forma de sujeción comienza en las
relaciones más inmediatas. Entre padres e hijos circulan afirmaciones como los
buenos hijos hacen esto, todos los niños deben comportarse así, una madre
siempre sabe qué es lo mejor o en esta familia las cosas se hacen de esta
manera. Tales expresiones pueden contener experiencia, afecto o razones
prácticas legítimas. El problema aparece cuando su forma universal pretende
cancelar la singularidad concreta del hijo y convertir una relación contingente
en una determinación necesaria de su ser.
Algo semejante ocurre en las conversaciones y
discusiones. Expresiones como todo el mundo sabe, nadie piensa eso, cualquier
persona sensata haría lo mismo, eso siempre ha sido así o una persona como tú
debería comprenderlo introducen dentro del diálogo una universalidad ficticia.
Quien habla deja de presentar únicamente su juicio y convoca una totalidad
imaginaria para reforzarlo. El otro yo ya no discute solamente con un
interlocutor, sino con un supuesto todos que pretende situarlo fuera de lo
aceptable.
El mismo mecanismo se amplifica en el
discurso público. Las noticias y los discursos colectivos producen
continuamente formulaciones como la sociedad exige, la gente quiere, el país
rechaza, los ciudadanos piensan o nadie puede negar. Una multiplicidad de
nombres propios queda convertida lingüísticamente en un sujeto único. El
enunciado fabrica así una unidad que posteriormente utiliza como fuente de
legitimidad.
La resistencia del yo del nombre propio no
consiste en negar sistemáticamente estos enunciados. La negación absoluta
seguiría estando determinada por aquello que niega. Un yo cuya identidad
consistiera únicamente en oponerse a las consignas continuaría dependiendo de
ellas para determinarse.
La resistencia metafísica consiste en
conservar la distancia entre el ser y su predicación. El yo puede escuchar una
regla, aceptar un consejo, obedecer una norma o compartir un juicio sin
conceder a ninguno de ellos la capacidad de definir completamente aquello que
él es. La obediencia práctica no implica subordinación ontológica.
Esta distancia constituye el núcleo de una
libertad más profunda que la mera elección entre obedecer y desobedecer. El yo
es libre en la medida en que ninguna formulación exterior puede clausurarlo.
Puede ser afectado, educado, persuadido, condicionado e incluso transformado
por otros, pero permanece abierta una diferencia entre todas esas
determinaciones y el hecho singular de ser este yo del nombre propio.
3.
Singularidad, poder del enunciado y creatividad del yo
La relación entre singularidad y poder no
termina en la resistencia. Si el yo únicamente conservara una distancia
defensiva frente al lenguaje exterior, su singularidad quedaría definida
negativamente. El yo del nombre propio posee además la capacidad de intervenir
sobre aquello que recibe. El lenguaje que intenta determinarlo puede ser
reinterpretado, desplazado y reorganizado desde la singularidad que lo recibe.
Aquí la creatividad adquiere un sentido
metafísico preciso. No significa producir arbitrariamente un mundo privado ni
inventar un lenguaje desde la nada. El yo siempre recibe palabras, conceptos,
categorías, recuerdos y enunciados anteriores. La creación comienza cuando esos
materiales dejan de reproducirse de manera idéntica y son sometidos a una
interpretación propia. Un dogma puede convertirse en problema, un axioma en hipótesis,
una regla en posibilidad contextual y una consigna en objeto de examen.
El poder del enunciado depende en gran medida
de su pretensión de cerrar el sentido. La creatividad del yo actúa justamente
sobre esa clausura. Introduce una diferencia entre lo recibido y lo nuevamente
comprendido. El mismo enunciado que pretendía sujetar puede convertirse en
material para una nueva determinación del pensamiento. La singularidad no se
limita entonces a protegerse del lenguaje, sino que lo atraviesa y modifica.
Esto permite comprender de otro modo la
relación entre el yo y lo común. La comunidad no necesita fundarse en la
absorción de los nombres propios dentro de una identidad universal. Puede
constituirse como relación entre singularidades capaces de producir
significados compartidos sin renunciar por ello a su diferencia. Lo común deja
de ser una esencia situada por encima de los individuos y pasa a ser una
construcción que surge de ellos.
Las reglas, conceptos e instituciones siguen
siendo necesarios, pero su legitimidad cambia de estatuto. Ya no deberían
presentarse como realidades ontológicamente superiores a los singulares, sino
como producciones comunes destinadas a ordenar determinadas relaciones. El
universal queda así subordinado a aquello que lo produce y utiliza.
La creatividad posee aquí también una
dimensión comunitaria. Un yo modifica un enunciado al interpretarlo y esa
modificación puede entrar en relación con las interpretaciones de otros yos. De
esta interacción surgen nuevos conceptos, nuevas reglas y nuevas formas de
comprender lo común. La comunidad no es entonces una masa unificada por la
repetición de una consigna, sino un espacio en el que diferentes nombres
propios pueden producir coincidencias sin quedar reducidos a ellas.
La singularidad se convierte de este modo en
un principio activo. No es solamente aquello que el universal no consigue
capturar. Es también aquello desde lo cual el lenguaje puede ser nuevamente
informado. El poder intenta fijar el sentido mediante el enunciado. El yo del
nombre propio responde introduciendo interpretación, variación y posibilidad.
4. La
vigilancia ontológica y el límite de toda nueva consigna
La creatividad del yo contiene, sin embargo,
un riesgo. Toda nueva interpretación puede cristalizar nuevamente en universal.
Incluso la defensa de la singularidad puede convertirse en una consigna. La
afirmación de que cada uno debe ser diferente, auténtico, original o creativo
puede adquirir exactamente la misma estructura normativa que aquello contra lo
que pretendía rebelarse.
Esto muestra que el problema no se resuelve
sustituyendo unos universales por otros. La resistencia puede convertirse en
ideología, la diferencia en obligación y la creatividad en mandato. Cuando
ocurre esto, la singularidad vuelve a quedar subordinada a un enunciado
exterior, aunque ese enunciado se presente ahora como liberador.
Por ello el yo del nombre propio necesita una
vigilancia ontológica permanente. Esta vigilancia consiste en reconocer la
procedencia y el estatuto de aquello que piensa. Muchas afirmaciones
aparentemente propias son sedimentaciones de palabras familiares,
conversaciones, educación, instituciones, noticias, hábitos y consensos. La
exterioridad puede desaparecer como exterioridad y comenzar a hablar desde el interior
del yo.
La consigna alcanza su forma más profunda
cuando el yo dice yo pienso allí donde simplemente continúa pronunciando un
enunciado recibido. La vigilancia no exige concluir que todo pensamiento
recibido sea falso. Exige distinguir entre haber incorporado una afirmación y
haberla convertido reflexivamente en parte de la propia comprensión.
Tampoco se trata de buscar un yo puro
anterior al lenguaje. Ese yo sería una abstracción. El yo del nombre propio se
constituye en relación con otros yos y dentro de un mundo lingüístico que lo
precede. Recibe formas de comprensión sin las cuales ni siquiera podría
pensarse. La singularidad no consiste en carecer de determinaciones externas,
sino en no coincidir definitivamente con ninguna de ellas.
La vigilancia devuelve constantemente el
enunciado a su condición de enunciado. Cuando se afirma que la sociedad piensa,
la gente exige o todos sabemos, el yo puede preguntar quién habla, qué
individuos están incluidos, desde qué situación se formula la afirmación y qué
pretensión de universalidad contiene. El universal pierde así su falsa
apariencia de sustancia y vuelve a mostrarse como una construcción producida
por singulares.
Lo común no desaparece. Existen acuerdos,
tradiciones, conocimientos, normas y formas compartidas de vida. Pero ninguna
de ellas posee por sí misma prioridad ontológica sobre los nombres propios que
las sostienen. El universal puede ordenar, describir y comunicar, pero no puede
convertirse legítimamente en sustituto del singular.
La metafísica del yo del nombre propio
desemboca así en una imposibilidad de clausura. El yo puede determinarse y ser
determinado, puede crear y recibir, puede compartir universales y producir
nuevos conceptos, pero ninguna de estas determinaciones posee la última palabra
sobre su ser. Su libertad más radical reside precisamente en esa apertura. El
nombre propio permanece como el límite ante el cual toda consigna, incluso
aquella que proclama la libertad, debe detener su pretensión de convertirse en
esencia.